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Por fin en Nueva York. Viviendo Nueva York. Es difícil extraerse de las compras, los precios están tirados y hay tantas, tantas cosas. Paseo una vez más por el Green Village y por fin me detengo a comer una ensalada. Es una suerte de café-te belga, con aire colonial, que recuerda a Buenos aires aunque con un matiz oriental indefinido. Suena Bob Dylan. Las aspas de tres ventiladores giran a compás en el techo y desde la terraza interior del primer piso tengo una vista privilegiada del establecimiento. En una de las paredes hay dos láminas enormes de Miguel Ángel y por todas partes cuelgan tapices indios. Me he sentado en una de las dos mesitas redondas, con patas de hierro forjado y dibujos en mosaicos. Un día, por la calle, se abre la puerta de un taxi y sale un señor escopetado “My God, my God!”. Gira para todos lados palpándose los bolsillos y corre todo lo que le dan las piernas, cruza la calle y desaparece. El taxista sale del coche. Mira, se rasca la cabeza y muy, muy desconfiado se vuelve a subir y aparca junto al bordillo. Horas más tarde presencio una manifestación. ¿Ecologistas? Todos llevaban una zapatilla en cartulina colgando del cuello. En las esquinas, los policías ponen orden dirigiendo el tráfico. Ora para los coches, ora para la manifestación, que espera su turno pacientemente. Los autobuses son un fenómeno único que te quita el estrés. Pueden volar flechas, chocar dos coches, pitar todos los policías de la ciudad a un mismo tiempo que los conductores se comportan como si nada. Deben de estar inmunizados. Si no tienes tu billete ni suelto para pagar, no viajas (sólo disponen de una máquina cuenta monedas). La primera vez que subí a un autobús dejé a deber: la conductora me hizo señas de que eche toda la chatarra en la máquina y pase. Otro conductor dejó viajar gratis a un turista que no llevaba suelto. Vive y deja vivir, no me imagino este gesto en Madrid.

JFK Airport 06/05/2007

 ¡Ay!, no me cansaré de decirlo: estoy enamorada de esta ciudad. Me sedujo cuando vine hace 20 años y ahora que he regresado y ya me marcho me llevo la misma impresión: podría vivir aquí. Me gustan los ambientes cosmopolitas, ciudades como esta en la que todo es posible y que, si te esmeras, lo consigues. Alas de aviones asomando como pajaritas tras los cristales. En la barra de la cafetería, gente en hilera. Unos con el portátil, otros leen. Los más, miran el fútbol en la TV. Se nota que es una ciudad de nueva creación. Todavía no hay abolengos ni pedigrís a quienes rendir pleitesía. Aunque seas un don nadie, si vales y no mueres en el intento lo consigues. Regreso a Madrid y debo una entrada en el blog. ¿Qué pondré? Dice mi amigo, el periodista Paul Hoeffel, que Nueva York luce así de tranquila porque nadie trabaja. Por las calles solo hay turistas. Alquilar una habitación en Manhattan cuesta 2.000$ ¿Qué pensarán los españoles de los pisos de 33 metros cuadrados propuestos por la Ministra? También dice que Manhattan se está llenando de millonarios y que como la vida es tan cara, los trabajadores viven en Queens o en New Island y viajan cada día a la Gran Manzana. Y los hispanos –remarca- seguro, como ahora son más, con su carácter están relajando la ciudad entera. El 11 de septiembre ni lo menciona. Curioso. Yo creo que si la vida financiera se ha trasladado fuera de Manhattan, eso se tiene que notar. Los brookers son quienes han tenido siempre más fama de vivir a tope, al momento. Sin brookers, vuelta a la calma. Llegó mi hora, al avión. ¿Volveré?

Nueva York, 05/2007

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