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Nada se pierde, todo se transforma. Conociendo la fórmula matemática es posible predecir instancias anteriores y posteriores de todos los objetos, las fases por las que atraviesan en los procesos químicos hasta llegar al aspecto o forma deseada. Nada es baladí. Como en encaje de bolillos, cada elemento de una fórmula tiene su sentido, su explicación. En la naturaleza, cada evento ocurre por algo y para algún fin determinado, aunque en nuestra escasa sabiduría no sepamos descubrirlo.
Al menos eso es lo que pensaba mi abuelo, que cada mañana encendía el fuego en el taller y a golpe de prensa iba convirtiendo la goma –su materia prima– en objetos variopintos y fundamentales para otros procesos: tapones para probetas de algún laboratorio de análisis clínicos, globos para perfumeros o arandelas para ajustar grifos. Todas las piezas que mi abuelo fabricaba tenían su función en este mundo.
Para calefaccionar el taller, el fuego por gas natural de las prensas era suficiente. Mi abuela solía sentarse junto a una hornalla pequeña, alimentada a gas por el mismo juego de tuberías que las prensas, y le cebaba mate en silencio.
Siempre los encontraba allí, por las tardes, al volver de clases. Cuando le pedía “abuelo, ¿me das dinero para el pan?” El siempre metía la mano en el bolsillo de atrás y me pasaba la billetera entera. Sin preguntas, sin mirar, su intención abierta como un libro. Todo tiene su explicación y yo tendría la mía.

09/12/2002

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