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Oda a la prosa

La poesía no es lo mío.
Te lo digo con sentido,
he intentado, yo, rimar
¡Ay!, qué lío. ¡Desatino!

¡Ay!, qué dices, Clodomiro
¡Quiero prosa! Yo no rimo.
¿Por qué glosas, tu, cretino?
Me lo piden, quieren ripio.

Lo he intentado, sigo y sigo:
ese abuelo Nicolás,
que de noche, tras su sino,
mira el cielo con un niño. (Continúa)

Sobre las buenas intenciones que pueblan las sepulturas

Un plan, necesitaba. Todos en la oficina tenían uno. Y al salir de trabajar ese lunes se le ocurrió. Compró las herramientas necesarias en unos grandes almacenes y enfiló directamente al cementerio, donde fue abriendo sepulturas una a una, atrapando intenciones. ¡Había tantas! Juntó todas las que pudo cargar sin levantar sospechas y se marchó.
(Continúa)

El taller del caucho

Aunque al principio alguien había ideado una estructura, con el paso del tiempo y las necesidades crecientes de la familia se habían ido agregando habitaciones hacia atrás, hacia arriba, incluso hacia el frente, cuando cerraron el jardín de la entrada. El taller estaba hacia dentro, por el pasillo, como a mitad de camino, porque después se anexaron las habitaciones del fondo, con su baño y su cocina y que configuraron una segunda vivienda.
(Continúa)

Mis buenas intenciones para 2002

Para Reyes, escribiré mi carta a los Magos. Tienen un año entero para dosificar la entrega. Cada noche dejaré mis zapatos al pie de la cama y así, por las mañanas, poco a poco al calzarme, me calzaré también una dosis de entereza, administración de mi tiempo y compaginación entre mi familia y mi trabajo.
(Continúa)

Será por algo

Nada se pierde, todo se transforma. Conociendo la fórmula matemática es posible predecir instancias anteriores y posteriores de todos los objetos, las fases por las que atraviesan en los procesos químicos hasta llegar al aspecto o forma deseada. Nada es baladí. Como en encaje de bolillos, cada elemento de una fórmula tiene su sentido, su explicación. En la naturaleza, cada evento ocurre por algo y para algún fin determinado, aunque en nuestra escasa sabiduría no sepamos descubrirlo.
(Continúa)

Sensaciones

Una cama de hospital alberga tu cuerpo de niño. Vuelta para un lado. Vuelta para el otro. ¿Cómo te explicamos qué haces ahí? Cuando logramos arrancarte una sonrisa y te animas un poco te fastidia la columna vertebral. Angelito desangelado. No quieres caricias, no quieres zumos. ¡No quieres dos coches con la misma sirena! ¿A quién se le ocurre? Habrá que reclamarle al fabricante. Tu brazo con manguito de venda blanca y vías cogidas hace de remo, lo utilizas para girar y dar miedo a mamá.
(Continúa)

Corazón envidioso

Te dije que no lo hicieras. Te expliqué que ya había descubierto tu juego y que no me hacía ninguna gracia. Todos los días lo mismo. Despachas a los niños al colegio en el autobús de pago y dando media vuelta observas satisfecha -aunque con sorna, que llevo tiempo estudiándote a través de las láminas de la persiana- observas la fachada de tu casa y luego la mía, con más disimulo. Te acercas lentamente y como con desgano pasas la palma de tu mano por el marco frío de las ventanas…
(Continúa)

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