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No por muchos conocida la frase deja de tener su encanto. ¿Quiénes somos? ¿A dónde vamos y porqué? ¿Estamos aquí en la tierra para algún cometido concreto? ¿Será ese nuestro cometido –como nos gusta imaginar– cumplir con nuestra meta vital, que no es otra que aquella que nos hemos marcado nosotros mismos a nuestro libre albedrío?
     ¡Ah! Divina ansiedad, sibilina pregunta. Ser o no ser merecedor de la parcela de Universo que nos ha tocado urbanizar, del espacio de aire que ocupamos, consumimos, manoseamos, respiramos, gastamos, transpiramos y dejamos alegremente a quienes nos suceden.
     ¿La mejor perfección? = ¡Ser imperfectos!, puesto que la perfección absoluta, en caso de existir, debe de ser absolutamente insoportable.
     Hoy mi ciudad amaneció perversamente coqueta: se ha vuelto gélida y amenaza nevada; hace frío huracanado proveniente del Norte; nos previenen ante ráfagas de hasta 90 km/hora. ¡Pero mi ciudad se ríe de los avisos! Ordena a su programador cero grados y las hojas de los árboles empalidecen súbitamente, se sueltan de su rama-padre y se lanzan a volar calle arriba y avenida abajo, balcón adentro y plaza afuera; se demoran en los semáforos y juegan con las corbatas, ay, de esos señores circunspectos y encorvados que lucen ranuras por ojos y manos en los bolsillos.
     Pronto, quien sabe si mañana, esas mismas hojas comenzarán a hacer ruido de envoltorio de golosina bajo los pies, los niños aterrizarán en ellas entre risas y yo, yo, camuflada bajo mi bufanda bermellón, las empujaré hacia los lados al caminar para no hacerles daño, que cumplan su ciclo vital, su fugaz existencia resquebrajada, tan melancólicamente perfecta.

23/11/2005

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