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Nunca llegaría abajo. Balanceándose escalón a escalón, con el bolso en una mano y la gabardina bajo el brazo, Claudia sintió que se ahogaba. En un último esfuerzo, había cogido la tarjeta de “tránsito” para aventurarse en el edificio del aeropuerto de Recife, donde el aire era un poco más respirable.
Ya había esquivado a dos operarios que barrían los pasillos con unos escobones de un metro de ancho, ignorando a los viajeros que cruzaban torpes de sueño, y sólo deseaba llegar a Madrid para quitarse la ropa; fuera el cinturón, abajo cremallera, pantalones y esas medias, que no dejan respirar los pies. Entonces, sin zapatos, se abandonaría con el suspiro que llevaba encerrado desde que salió de Ezeiza. Siempre era lo mismo; al partir, se quedaba sin voz. Volver por un mes o quince días, nunca era suficiente.
Aquí nadie la conocía, así que se sentó al final de una hilera de sillas naranjas para estirar las piernas y echando la cabeza hacia atrás liberó su mente embotada. Estaba reviviendo las últimas horas en Buenos Aires: personas de las que no se despidió, diálogos interrumpidos o a destiempo y atolondrados ante la evidencia de una nueva partida. Amaneceres de garganta seca por esas palabras que salían de sus labios y resonaban en el bar como el oleaje en una caracola. Desvelada sin remedio por la cafeína, de vuelta a casa en un taxi desvencijado que traqueteba como el tambor de un soldadito a cuerda. Retazos de recuerdos en una nube que se confunde con la niebla de esta otra madrugada, lejana y diferente, de aeropuerto en servicios mínimos, cristal, plástico, neón y oscuridad prestada de Recife.
Se incorporó para desentumecerse y sacudió la cabeza apartando los cabellos de la cara y de paso también las apremiantes visiones. Al arrellanarse otra vez en el asiento ya no sabe qué es realidad y qué una trampa de sus sentidos. Cree reconocer la figura de un hombre con gabán que cruza la sala como una aparición a unos diez metros de ella, con las manos en los bolsillos, y se pega a un cristal a mirar la noche. El hombre está serio, su corte de pelo es clásico, pero el porte es el mismo. Claudia ve en él al estudiante de cabello revuelto, risa amplia de ojos achinados y orejas aleteando al ritmo de la carcajada. Entonces, su respiración cesa un instante y se duplica el palpitar de su corazón.
Es primero su piel la que recuerda el tacto de esas manos, manos anchas de uñas cortas, intrépidas, campechanas, que la envolvían con firmeza y la rozaban tocando sólo el aire. Se recordó hundiendo el rostro en su cuello al compás de húmedos “te quiero”, mientras sus manos bordeaban los anchos hombros para recorrerle la espalda, estrechándolo; ella murmurando a su pecho “espérame” y él “te iré a buscar”, dentro de la blusa. Y revivió el calor de los abrazos cuando contaban las horas robadas al sueño en el zaguán.
Parpadeó, mientras se peinaba con las manos. Se le parecía demasiado, ¡tenía que ser él! Aprisionó sus pies en los botines, levantó el cuello de la camisa por debajo del jersey, y mejorando su postura imaginó el próximo encuentro. ¿Qué habría sido de Joaquín todos estos años?
A través de amigos comunes había sabido que estudiaba medicina, pero después las cartas se espaciaron, y aunque se las había ingeniado para hacerle llegar su dirección en Madrid, él nunca le escribió. ¿Cuánto tiempo habría pensado en ella?, ¿cuándo se habría enamorado otra vez?, ¿se le aparecería su imagen ante cada nuevo amor, confundiéndolo, como le pasaba a ella? Pero, ¿de dónde vendría ahora?, ¿a dónde iría?, ¿en qué estaría pensando en este instante? A lo mejor no viajaba solo, mejor se daba prisa. Se levantó, con bolso y gabardina una vez más, y se acercó bordeando los asientos, siguiendo el cristal.
Él la descubrió a unos pasos de distancia y se quedó mirándola, sin moverse; quizás rebuscando en su memoria un rostro familiar como el que se acercaba, sonriente e indeciso, que levanta una mano y lo saluda mientras ladea un poco la cabeza. Y fue a su encuentro.
¡Vaya! Se alegra de verla. Joaquín viene de Nueva York, donde vive, y va de camino a Buenos Aires para ver a sus padres. Tienen una hora corta para hablar. ¿Será bastante? Chocan sus miradas buscando preguntas, respuestas a esas preguntas y a otras nuevas. Se tocan, se alejan, se miran, se vuelven a acercar, Claudia suspira y le revuelve un poco los cabellos, ya domados y algo blancos, Joaquín sonríe rasgando su mirada y le acaricia el cansancio en los ojos. Finalmente se abrazan encerrando con ellos los años de zozobra.
Claudia se dice que quizás si cierra los ojos y desea algo con mucha intensidad se cumpla, y piensa: “deseo… deseo estar en otro tiempo, en otro lugar, que este instante no se acabe nunca, que Joaquín me quiera para siempre, que no tenga otra vida hecha, que a mí ya no me importe la mía y la quiera cambiar por ésta de ahora mismo, y que ya no sea tarde”.

Publicado en el libro colectivo “Qué mala suerte tengo con los hombres”, ed. Catriel, Madrid, 1997.

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