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Esa tarde Numen se peleó con el gato, y como después de todo él era el dueño de la casa, ella hizo las maletas y se marchó. Ya encontraría otro lugar donde no hubiera animales molestos captando su presencia por los rincones. Pot fue implacable: no la quería bajo el mismo techo. Porque desde su aparición, Marcos lo ignoraba, ya no jugaba con él. Y no sólo era eso. Pot la sentía, pero le era imposible concretar su figura. Al principio pensó que se burlaban de él, que alguien le rozaba el lomo a contrapelo y se escondía, y aunque él saltara como un resorte nunca descubrió quién era. En la vastedad de sus dominios se sabía acompañado. Numen lo inundaba todo, la casa entera estaba impregnada de ella. Por eso cuando se decidió a expulsarla, arrasó de lleno. Y la encontró ¡vaya si la encontró!, tal como suponía, estaba durmiendo entre los papeles. Fue el último lugar objeto de su ataque, porque sabía que Marcos era muy celoso de ese rincón, era intocable. Él podía jugar y corretear a placer, pero nunca en la mesa de trabajo.
    Pot consideró que esta vez la causa era justificada, y al saltar por la mesa dando zarpazos, sintió que la musa se revolvía de furia, dio vueltas a su alrededor, pero no pudo evitar el destrozo. Al descubrir que el manuscrito era su punto débil, Pot se ensañó con él hasta que su sexto sentido le dijo que Numen se había marchado. Entonces se tumbó a dormir esperando a Marcos.

Cuando Marcos llegó a casa, no pudo hablar de la impresión. Ni que la brigada antidisturbios hubiera hecho una redada buscando terroristas. Pot se había hecho un mullido colchón con su manuscrito debajo de la mesa y lo miraba desafiante.
    En una fracción de segundo, Marcos pasó revista a sus actos por la mañana: estaba seguro de haberse ocupado de Pot. ¡Él siempre se lo recordaba! Después de ponerle un suculento plato de pescado con verduras junto al recipiente de agua fresca, le cambió su caja de arena, y ahora que lo recordaba también le había convidado queso de su propio desayuno. Era inexplicable. Y lanzándole miradas de odio, comenzó a poner orden en sus cosas pensando que tendría que consultar con un psicólogo para gatos.
Levantó sillas, sacudió y colocó cojines, barrió los trozos de ceniceros y vasos esparcidos por el suelo y, armándose de paciencia, se dispuso a privar a Pot de su nuevo lecho. Tras unos cuantos zarpazos y maldiciones, se hizo con los papeles y se instaló ante la mesa de trabajo. Ese amasijo de folios arrugados, con arañazos y mordiscos, amén de pisoteados por meticulosas patitas, era el libro casi acabado que esperaban en la editorial dentro de dos días. ¡Maldito Pot! Tendría que rescribir páginas enteras.
    Con cuidado para no romperlas todavía más, fue alisando las hojas de papel. Eso le llevó bastante tiempo. Cuando hubo acabado, cogió unos cuantos libros de la estantería y los puso encima de su maltrecha obra. Entonces fue resoplando a la cocina y sacó de la nevera una de las cervezas del fondo, de ésas que salen con el hielo pegado, volvió al salón y se dejó caer en el sofá, con la lata de cerveza en una mano y un cigarro en la otra. Ni ganas de comer tenía. El único aliciente encontrado para acabar el libro era la idea de que entonces se podría ir de vacaciones. En otoño, la playa desierta, horas y horas ante el gris eterno del mar, oyendo el rumor del oleaje entre el viento, respirando la humedad fría de la arena tras la ropa. Sin obligaciones, ni plazos, ni entregas, ni finales, ni nada. Sólo el mar y la arena, el pescadito adobado y el fino con aceitunas.
    Pero ahora era preferible borrar esas ideas de la cabeza. Aunque Pot estuvo a punto de descalabrar sus planes, aún estaba a tiempo de arreglarlo. ¡Eso suponía! Mejor echar una ojeada a su creación. Después de todo, quizá lo más grave fuese tener que hacer el ridículo de entregar el texto en esas condiciones, ya que no tenía tiempo de pasarlo a limpio. Se imaginaba la frasecita sardónica de su agente: “…si te hubieras decidido por el ordenador…”.
    Abandonando la lata y el cenicero junto al sillón, fue hasta el escritorio con paso cansino. Primero ordenó las páginas –las que estaban numeradas-; hizo otra pila con las que le faltaba un pedazo –justo aquel que tenía el número- pero el texto estaba completo. Apartó esos dos montones y se afanó con el resto, con los “imposibles” trozos de rompecabezas en que se había convertido su relato.
    Los fue uniendo por la forma y avanzó bastante; luego por el texto, pero nada tenía sentido. Tras leer media frase, recordaba que al escribirla le pareció sublime, pero ahora carecía de lógica, no encontraba coherencia en ningún final probable en los otros trozos de papel.
    Aquello no le gustaba. Se levantó una vez más con los dos montones de páginas numeradas y sin numerar y se fue al sillón. Comenzó a leer el libro. ¡Nada tenía sentido!, eran sólo palabras. Le eran familiares, recordaba haberlas utilizado otras veces, entendía el significado de cada una, pero juntas no le decían nada. Era como si toda la inspiración que había tenido para escribir la historia se hubiera esfumado, llevándose también en su fuga el sentido de su última obra. Nunca más volvería a escribir, era incapaz hasta de reponer las palabras aisladas que faltaban en las páginas. Marcos se sintió envuelto en una pesadilla, dejó todo y se fue a dormir. Mañana, con más calma, probablemente vería las cosas de otro modo.
    Pot siguió levantado un poco más. Estaba compungido, no creyó que su comportamiento tuviera tan graves consecuencias, pero ¡tenía que hacer valer sus derechos!

Indignada, Numen deambuló por el barrio. Debería haber fulminado al gato. Pot, ¡vaya nombre!, tan insignificante como el animal. Vio a través de una ventana a un estudiante sumergido en un montón de libros, no había ningún animal bigotudo cerca, y resolvió entrar a recapacitar y a tranquilizarse un poco. ¡Jamás le había ocurrido algo así! Verse expulsada por un gato, ¡qué humillante! Aprovechó una ráfaga de aire y se dejó llevar hasta el joven.
    Trató de imaginarse la cara de Marcos cuando viera el resultado del embate de Pot. ¡Pobre Marcos!, él, que soñaba con sus vacaciones… Numen había albergado la ilusión de esconderse en su maleta y seguirlo a la playa, donde sin la compañía de Pot quizás fuese más fácil inspirarle fantasías. ¿Qué estaba haciendo ahora?, sin su ayuda no podría reconstruir la novela, ni crear otras nuevas. Marcos era una buena persona y, con la salvedad del odioso gato, su casa era muy acogedora. ¿Habría podido hacer ella algo para defenderse de Pot?, ¿en qué se había equivocado? Quizás en su generosidad lo había inspirado tanto que el pobre no paraba de escribir. No, eso no podía ser, Marcos era feliz, estaba contento, y si planeaba unas vacaciones era sólo para juntar fuerzas para seguir escribiendo. Ella había hecho bien su tarea.
    Por la noche no pudo aguantar la curiosidad, y pensando que Pot ya estaría durmiendo se acercó a contemplar la escena. ¡Horror!, ¡qué caos! Marcos sólo había cambiado las cosas de lugar, la obra continuaba deshecha. ¿Y esas hojas rotas?, ¿sin unir todavía? Entró sigilosamente y ya había avanzado un buen trecho cuando vio a Pot. Estaba erguido en el sillón de Marcos, con el pelo erizado, las orejas alertas y los bigotes tiesos. Sus ojos todo pupilas, intentando abarcar la estancia. Numen no se amilanó. El desastre era tan grande que estaba dispuesta a intervenir a pesar del felino.
    Pero Pot bajó, primero sus orejas, después su cabeza, y con pasitos acolchados se encaminó al dormitorio; deteniéndose por momentos como para comprobar si Numen lo seguía, esperándola y avanzando, hasta que se comprendieron y llegaron a la par junto a Marcos. Pot se acurrucó a sus pies y Numen bajo su cabeza, adaptándose a la almohada.

Sí, había hecho bien yéndose a dormir. Hoy con la mente despejada todo volvía a tener sentido. Incluso Pot, ahora en la terraza, había cambiado. Se recreaba contemplando los pájaros y hurgando entre las plantas y no había puesto los pies en la casa en toda la mañana. Marcos estaba exultante. Había repasado las páginas de la novela sustituyendo los folios inútiles. Por la tarde rescribiría los que estaban impresentables, Al final, si no surgían más inconvenientes, le iba a dar tiempo.
    Tenía que recordar dejarle la dirección del hotel a su agente para que le enviara las pruebas, que pensaba corregir en la playa. A su regreso a la ciudad encontraría los primeros ejemplares de la imprenta en el buzón de su casa, y cuando comenzara a plasmar su nueva idea en papel, ésta ya estaría en la calle. La próxima, barruntaba, sería una gran novela.
    -¡Eh!, ¡Pot!, ¿vas a estar ahí todo el día? Ven, entra… ¿y si me lo llevase de viaje?…
    Chispas saltaron en el aire durante unos segundos –la costumbre del resquemor-. Luego, mientras ella se replegaba para darle paso, Pot entró muy ufano, el rabo dirigido al techo, y les regaló, a Marcos y a Numen, un ronroneo grave, profundo, de satisfacción. Realmente, los tres necesitaban unas buenas vacaciones.

Publicado en el libro colectivo “Album de Cuentos”, ed. Catriel, Madrid, 1994.

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