google6fa3c6e345025a32.html

Terminó de cruzar la avenida por el paso de cebra justo cuando cambiaba el semáforo. De estar sola le habría dado tiempo de más, aún le sobraban energías para correr unos metros, pero iba empujando la silla de ruedas y pensaba en el parque. Un rayo de sol entre las nubes disipó sus dudas y tras arrebujar bien a la tía en la sempiterna manta de vicuña se internó entre las acacias, apostando por veinte minutos de buen tiempo. Desde la silla, unos labios apretados bajo unos ojitos horizontales muy subidos parecían aprobar la travesura. Y traqueteando con la silla por el paseo avanzaron entre los setos podados, no muy lejos para que les diera tiempo a volver antes de que bajara la temperatura. La tía Carmen mantenía los ojos cerrados y su boca sin dientes murmuraba que pronto podrían pasear hasta tarde.
    – ¿Qué decís, tía?
    – Que está llegando el verano. ¿No sentís el olor? Es por las hojas. Cortan las ramas y las dejan ahí amontonadas. Y después se pudren.
    Olía a naturaleza viva, a microorganismos trabajando, pero abandonaron el paseo para dirigirse hacia el mirador de los jazmines, que tantas veces mencionara tía Carmen a lo largo de su vida. Estaba hacia la derecha y desde allí apenas se distinguía la calesita. Por el camino iban y venían madres empujando cochecitos y cuando pararon y ella se sentó en un banco, pegándose a su tía Carmen, el olor a pañales de la papelera atravesaba cada tanto la atmósfera.
    – Che, ¿viste que lindo el nene de Raquel? ¡Qué carita tiene! Parece un ángel. ¿Ya lo fuiste a ver?
    – Si tía, es muy lindo. –Respondió en un suspiro, trayendo a la memoria las fotos de su hermano en el álbum familiar.
    Siempre fue escuchimizada, tía Carmen. Tenía los pies pequeños y unas pantorrillas tan delgaditas que a menudo llevaba algún hueso enyesado. Pero desde hacía unos meses, cuando se cayó en la calle por culpa de una baldosa mal nivelada y se fracturó la cadera, su volumen disminuía por semanas. La silla que alquilaron en el Seguro se le quedaba grande y los pies le colgaban sin apoyarse bien del todo en la plataforma.
    – Mirá, -le decía levantando los brazos- mirá mis muñecas. Patitas de pollo parecen. Mirá en lo que me convertí, Laurita.
    Y Laurita sujetaba las patitas de pollo y acariciaba las manos y las friccionaba con cuidado para que la tía entrara en calor y le volvieran las ganas de vivir otra vez, para conseguir que esos ojos verdes tan transparentes y hundidos brillaran aunque fuera un poco, que se iluminara apenas la luz que siempre despidieron. Porque ella, desde la muerte de su marido, no había vuelto a ser la misma.
    – Yo sin él no sé vivir, Laurita. Lo siento, pero así ya no quiero vivir más. -Laurita había adivinado las frases, porque casi no modulaba las palabras.
    – ¡Dale, tía! No digas eso. Nosotros sí que no podríamos vivir sin vos. ¡Qué cosas se te ocurren! Es porque estás atravesando una mala racha, pero ya vas a ver como pasa. Estoy segura de que pronto esta época te parecerá un sueño. ¿Por qué no aprovechás para hacer algo de eso que cuando estaba el tío no podías? Porque, algo habrá, ¿no?
    También ella debía de tener alguna frustración guardada. Estaba la de no haber tenido hijos, pero para esa ya era demasiado tarde, y ese hueco lo habíamos llenado en parte los sobrinos.
    – ¿Laura?
    – ¿Qué, tía?
    – ¿Y vos cuando te vas a casar?
    ¡Ahora le salía con esa! Ojalá pudiera contestarle algo agradable. Y que esa respuesta fuera sincera. Pero no le quería mentir. Dejó de masajear las manos de la tía y las iba a soltar, pero ella la retuvo aprisionándole los dedos, reclamando su atención. Levantó la vista y tía Carmen la miraba a los ojos, de costado, con la cabeza apoyada en el respaldo de la silla. Desde que no iba a la peluquería daba la impresión de tener menos pelo, hebras blancas que dejaban traslucir los lunares también en el cuero cabelludo.
    – ¿Cuándo te vas a casar, Laurita?
    – No lo sé, tía. No sé si me voy a casar. No tengo muy clara mi relación con Jorge, ¿sabés? Bueno, en realidad es él quien no la tiene clara. Pero para el caso es lo mismo.
    – Y, entonces, buscá otro novio.
    – ¡Pero tía, yo quiero a Jorge!
    – Pero él no te quiere a vos. ¿Por qué duda tanto? Si dos se quieren, se casan.
    Laura no pudo seguir hablando. Tenía un nudo en la garganta y le ardían los párpados.
    – Yo lo quiero a él, no quiero a otro –murmuró.
    – Yo también lo quería.
    – ¿A Jorge? ¡Tía! Si sólo lo viste tres veces.
    – A mi novio, yo lo quería.
    – ¡Ah!… al tío, te referís a cuando estabas de novia con el tío Manuel.
    – No, al tío no. Al otro, a mi novio. ¡Yo lo quería tanto! ¡Tanto! Pensé que ya no iba a querer a nadie más.
    – ¿Y quién era el otro?
    A veces costaba un poco seguirla. Mezclaba todo, historias y personajes de su niñez con situaciones de la infancia de mi madre, como cuando me preguntó si ya había visto a mi hermano, que acababa de cumplir treinta años.
    -¿De qué otro hablás, tía?
    – De mi primer novio. ¡Era tan lindo! Salimos mucho tiempo… Nos íbamos a casar. Era de la pandilla. Él me venía a buscar todas las tardes, cuando salía de trabajar. Pasaba por mi casa, saludaba a papá y nos íbamos los dos a la heladería. A veces se unían los demás de la pandilla. Los domingos. Nos juntábamos todos en la plaza. Porque los sábados preferíamos ir al cine. Los dos solos. Nos sentábamos al fondo para besarnos, cuando se apagaba la luz, muy abrazaditos.
    – ¿Y qué pasó, tía? ¿Por qué lo dejaron?
    – No sé que pasó. Un día, dijo que no lo tenía claro. Que lo tenía que pensar, dijo. Y se fue a pensar. Y no volvió. ¡Yo lo quería tanto! ¡Y era tan lindo! Y me quedé sola. Como ahora.
    Tenía los ojos secos, la tía Carmen, pero Laura lloró por las dos. La situación con Jorge estaba en un punto sin retorno. No recordaba quién de los dos había dado la primera muestra de desinterés. Ella compraba el periódico para leer juntos los clasificados por no cuestionar la búsqueda del apartamento, pero domingo tras domingo el periódico se quedaba allí, sin abrir, doblado en el alféizar de la ventana del bar.
    – Al principio dejé de salir. Todos en el barrio me señalaban con el dedo, yo pasaba y detrás de mi se iban formando grupitos y decían “miren, a esa la dejó el novio”. “¡Pobre!” decía otra. “¡Por algo será!” decía la más cretina. Marta era la más cretina.
    – ¿Quién era Marta, tía?
    – La de la esquina, la del bazar. Después de eso ya no le compramos más. Cada vez que necesitábamos algo se lo pedíamos a mi papá, y él caminaba, se iba al bazar de la placita y compraba el encargo: platos, vasos, lo que fuera. Harina, aceite… lo traía él y no entrábamos a lo de Marta.
    -¿Y después? ¿Cómo conociste al tío?
    – ¡Lo extraño tanto, al tío! Entonces yo era joven. Me quiero morir, Laurita, yo ya no sé que hacer con mi tiempo. ¡Aquí sentada! Vos tendrías que ir con gente de tu edad. Y a ese Jorge, ¡Al diablo que se vaya! Vos sos linda, inteligente, tenés trabajo. No lo necesitás para nada.
    – Yo tampoco sé vivir sin él, tía.
    – ¡No digas pavadas! No sé vivir sin él, no sé vivir sin él. ¿Qué sabrás vos lo que es no saber vivir? Cuando yo era joven era diferente: una chica bien no salía sola a la calle, tenía que esperar a que los chicos la invitasen a salir. Ahora es más fácil.
No tenía ningunas ganas de escuchar reproches. No quería ningún “vos que sabés lo que es sufrir de verdad” ni escuchar lamentos de emigrante. Pero no, la tía Carmen no iba por ahí. Como siempre votaba por la vida, aunque fuera por la mía y no la suya.
    – Él me miraba.
    – ¿Quién te miraba?
    Una nueva persona emergía ante mis ojos. Una mujer. Hasta ahora nunca me había parado a pensar que tía Carmen, además de su papel de tía abuela que preparaba las tortas de todos los cumpleaños, tenía una vida propia que comenzaba mucho antes de pasar a formar parte de la familia.
    – Manuel me miraba. Yo iba a tomar mate a Macabi, al club. Iba los domingos con mi papá y con mi mamá. Una vez en el club me juntaba con mis amigas.
    – Ah, ¿sí? ¿Y tenías muchas amigas?
    – Muchas no, pero nos juntábamos. Estaban casi todas casadas y tenían chicos que corrían y gritaban alrededor, pero eran buenos chicos. Y después se empezaron a juntar también los maridos. Manuel era el primo de alguien… Ché, no me puedo acordar ahora. ¡De quién era! ¡Pero! Si ahora somos de la misma familia me debería acordar…
    – No importa, tía, seguí contándome. Entonces, el tío Manuel te miraba. ¿Cuántos años tenías entonces?
    – Y… veintisiete tenía. ¿O veintiocho…?
    El aroma de los jazmines empezó a llegar hasta nosotras: el sol de la tarde nos abandonaba instalándose el aire húmedo. La tía jugaba con los flecos de la manta, el viento le estaba dando en el cuello y la manta tenía unos cuantos agujeros, pero a ella le gustaba porque era livianita. Aparté sus manos y la arrebujé bien otra vez.
    – No, a los veintiocho fue la fiesta de compromiso. Y a los veintinueve nos casamos. Yo llevaba un vestido blanco de manga corta, abuchonada. Y era de encaje, con una cola pequeña y un velo muy grande que en la fiesta me lo saqué para bailar.
    – Pero cuando lo conociste tenías veintisiete, ¿no? Y él te miraba. ¿Y vos que hacías?
    – Yo nada. ¿Qué iba a hacer? Después se empezó a acercar, y un día se sentó al lado mío y hablamos, y me dijo que al volver del trabajo pasaba por mi casa, que si yo quería me pasaba a visitar.
    – ¿Y?
    – ¿Y qué? ¡Y ya está! Vino a casa, que es lo que se hacía entonces, hablar con los padres para que den permiso, y empezamos a salir. Y después nos enamoramos. Y nos casamos.
    Las luces se encendieron. En la tranquilidad del parque se escuchaban, cada tanto, las bocinas de los coches. La tía se había quedado en silencio, siguiendo con la mirada a las parejas que abandonaban el parque con desgana y a los oficinistas deseosos de llegar a casa.
    – Tía.
    – ¿Qué?
    – Después de conocer al tío, ¿tenías ganas de casarte con él, o seguías prefiriendo a tu primer novio?
    – Y…. yo de él no me olvidé nunca, lo quería mucho.
    – Pero, después de todo este tiempo, ¿te arrepentís de haberte casado con el tío? Quiero decir, al final, ¿A quién quisiste más?
    – ¡Ay! No sé, nena. ¡Mirá las preguntas que hacés! A mi primer novio yo lo quería mucho y era muy, muy lindo. Pero con él no me casé. Y yo sin el tío no sé vivir.
    La abracé, apretando su espalda. Luego tomé sus dedos rebeldes entre mis manos para esconderlos bajo el refugio de lana. Me levanté y desandamos el camino. La tía no dijo nada más, sus lágrimas brotaron, por fin, sin quejas. Yo dirigí la silla con firmeza de vuelta y al entrar al ascensor ya no lloraba. En su casa, le besé las mejillas y la sal de su rostro se mezcló con la de mis lágrimas. La muchacha, desde la cocina, nos miraba.

Publicado en el libro de relatos colectivo “Cuentos para leer en viajes cortos”, ed. Dragontinas, Madrid, diciembre de 2003.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

CERRAR