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María, Cariño. Es tarde y estaréis durmiendo. A estas horas de la madrugada en que sólo circulan unos pocos rezagados y los camioneros pasan la noche en el área de descanso, he parado a echar gasolina. ¡Por dónde empezar! Sí, ya sé: soy cobarde. Siempre me lo has dicho. Por eso he decidido escribirte una carta.
    Quizás me sea más fácil haciendo un poco de historia. ¿Recuerdas? Porque yo lo recuerdo perfectamente, aquella tarde en el 78, en casa de tus padres, también tuya por entonces. Escondía en el bolsillo el pañuelo como un churro de tanto secarme el sudor de las manos antes de tocar el timbre. ¡Por fin me habías dicho que sí! Y ahí estaba yo, pidiendo la bendición de tus padres, para fijar la fecha de la boda de acuerdo con tu familia.
    Cumplidas las formalidades de la presentación, el vermut que me ofreció el futuro suegro y un breve discurso acerca de mi origen y aspiraciones en la vida, pasamos al comedor. Del menú sólo quedó grabado en mi memoria el primer plato: aguacate con gambas coronado con salsa rosa. Te miré, solícita frente a mí. En silencio, cogí el tenedor y me llevé un trozo de aguacate a la boca, y tras masticarlo me lo tragué.
    Blanco de todas las miradas, pendiente sólo de la tuya, exclamé: “¡Mmmm…! Delicioso. Realmente delicioso. Doña Carmen, veo que los rumores sobre su habilidad en la cocina no son infundados”. Le gustó a tu madre mi cumplido: “¿De verdad, te gusta?” Tu sonrisa me dio valor, y añadí: “Me encantan los aguacates, pero además ésta es la mejor salsa rosa que he probado en mi vida”.
    Y pasé el examen, claro. Y nos casamos.
    De los preparativos de la boda os encargasteis las mujeres. Que si las invitaciones, escoger la iglesia, el salón, la música y el menú del convite. De primero, ensalada de mariscos con aguacate.
    Un día de primavera, al entrar en casa para almorzar, como siempre, me llegó el olor inconfundible del ketchup con el que se prepara la salsa rosa y comprendí qué había de primero. Abonabas de esta forma el terreno para darme una buena noticia: “Cariño, estoy embarazada”.
    Pasó el tiempo, creció la familia, tuvimos épocas buenas, ¿verdad?, y otras no tanto. Las buenas eran festejadas con variaciones del plato estrella: aguacate con gambas.
    Dentro de unas horas te levantarás como de costumbre a preparar el desayuno de los niños. Yo no estaré y encontrarás, María, este fax que te envío desde el coche. Porque quisiera antes de partir hacerte una confesión: odio los aguacates, no soporto la salsa rosa. ¿Podrás perdonarme estos años de mentiras? Nunca encontré la oportunidad de explicártelo sin hacerte daño. Temí empañar momentos tan señalados con comentarios sobre la comida, y luego no me parecía importante. Pero cuando esta tarde encontré tu mensaje en el Buzón de Voz, pidiéndome que regresara temprano, que me tenías preparada una sorpresa para la cena, se me fue el apetito.
    Tu marido que te quiere, Carlos.
P.D.: No me esperes para cenar.

Publicado en el Nº 8 de la revista Línea Móvil, ed. Telefónica Móviles, Madrid, julio 1996.

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